Breve historia de (mi) religión

 Los orígenes

     Nací en pecado o, al menos, eso es lo que le dijeron a mis padres, obligándoles a pagar para que un tipo vestido con sayas y gorro me echase un poco de agua fría por encima de la cabeza, a la vez que recitaba unos cánticos para liberar mi alma de las garras de un ser malísimo.

Después de eso me enteré que había corrido un gravísimo peligro porque en el intervalo desde mi nacimiento hasta que me chiscaron con agua milagrosa, si me hubiera muerto, habría vagado eternamente por el limbo, que, por cierto, hace poco fue clausurado por orden del Vaticano, lo que me hace preguntarme donde están ahora las almas de los niños que murieron antes de ser bautizados, pero eso es otra historia

 Durante mi infancia y mi adolescencia los católicos a los que pertenecía por tradición familiar y social, se empeñaron en intentar convencerme de que todo aquello que representaba un placer era pecado, por ejemplo, jugar sin control, reír sin parar, hablar con la gente, el sexo (OHHH! el sexo, ese era el peor de todos) y tantos otros. Así que durante ese período y hasta ya empezada la juventud, ocupé la mayor parte de mi tiempo en dilucidar cada vez que iba a hacer algo si era pecado o no, con la consiguiente pérdida de oportunidades porque, a menudo, cuando por fin conseguía decidirme, ya había pasado el tren.

 También de esa época viene mi convencimiento de que aquel dios del que me hablaban los católicos se había cansado de hacer cosas o se había mudado a otro barrio, porque después de la cantidad de actuaciones que tuvo durante los primeros años de la humanidad o mejor dicho del Universo (léase la Biblia, Antiguo Testamento), ahora no hacía nada de nada, excepto, eso sí algún milagro que otro por intercesión de algún hombre muerto que los dirigentes de la iglesia denominaban “santo”.

También es cierto que si después de mandar a su hijo, lo único que se les ocurre a los humanos es crucificarlo, hombre, yo me pensaría en volver,  incluso en no tenerlos en cuenta para ningún otro plan. Dejando aparte  a ese dios y sus circunstancias, poco a poco fui comprendiendo que la religión era básicamente un negocio, que poco o nada tenía que ver con aquello que me obligaban a memorizar de pequeño sobre la historia del pueblo elegido y la vinculación de los hombres con un “Único Dios Verdadero”.

La culpa de esa “caída” la tuvo mi temprana afición por la lectura. Mi fe se desmoronó porque al leer comprendí que, si bien es cierto que siempre la humanidad tuvo una necesidad de creer que había algo más allá de los lindes del bosque o la llanura en la que habitaba, más allá del cielo que le cubría, el que tuviera un nombre u otro no empezó a ser importante hasta que la casta de los sacerdotes comprendió el valor económico y social que significaba ser el representante de esa divinidad en la tierra.  

(Continuará)