Érase una vez

Erase una vez un desierto.

En aquel desierto habitaban hombres, mujeres y niños. Un día llegaron hombres armados y les dijeron que aquel era su territorio y los confinaron en campamentos, cercados y vigilados.

Los invasores se  apoderaron de cuanto quisieron y dejaron clara su intención de quedarse allí para siempre. Los vecinos y demás países protestaron levemente, obligados por las circunstancias, (eso que llaman derechos humanos)  y siguieron tratando con los invasores: recibiéndolos, comprándoles mercancías y vendiéndoles servicios.

A los invadidos les dijeron que tuvieran paciencia y calma, paciencia con los desmanes de los opresores, calma con la muerte y enfermedad de los suyos. Que se abstuvieran de protestar más allá de lo permitido, por las buenas, que si no serían llamados terroristas. El Gran Jefe mandaba hacerlo así y no quedaba más remedio. Entonces…

  Podría continuar. Parece una crónica de las noticias de estos días pero, en realidad, estoy hablando de Palestina, o del Congo, o de tantos pueblos oprimidos y olvidados, que ya se hace necesario que tomemos partido y sacudamos la desidia a esta sociedad, para conseguir así cambiar las cosas.